Maribel Hastings

¿A estas alturas alguien cree que a Donald Trump le importa la suerte que estén corriendo los kurdos que traicionó en Siria? Si a Trump no le ha temblado la mano para ordenar medidas que han separado familias en nuestra propia frontera, o hacinar refugiados en condiciones infrahumanas, o considerar dispararles en las piernas para disuadirlos en su intento de cruzar la frontera, ¿qué diablos le importan a Trump los kurdos a miles de millas de distancia? Trump ni siquiera conoce la historia de Estados Unidos, ¿qué va a saber de los kurdos y cómo han sido aliados de Estados Unidos?

Desde que arrancó la pesquisa sobre un potencial impeachment era de esperarse que Trump comenzara a lanzar cortinas de humo para desviar la atención. Los conflictos internacionales siempre han cumplido esa función para más de un mandatario, aunque en esta oportunidad todos se rascan la cabeza pensando exactamente por qué Trump accedió a todas las demandas de su autócrata cuate Recep Tayyip Erdogan, el presidente turco, y ordenó la salida de tropas estadounidenses destacadas en el norte de Siria y asistidas por los kurdos sirios en la lucha contra el Estado islámico, ISIS. Tras el anuncio de Trump, Turquía inició una ofensiva desplazando a los kurdos, y ya se han denunciado persecuciones y ejecuciones incluso de civiles kurdos.

Trump es un experto en mezclar decisiones de política pública con su futuro político. Lo demostró cuando aparentemente condicionó la ayuda exterior a Ucrania a cambio de un “favor” del presidente de esa nación para que lo asistiera en enlodar a su potencial contrincante demócrata en 2020, Joe Biden. Esa petición provocó la pesquisa del impeachment. En el pasado, y sin duda en el futuro cercano, Trump ha echado y echará mano de los inmigrantes para granjearse el apoyo de su cegada base si cree que su futuro político está en peligro. Lo hizo en 2016, lo hizo en las intermedias de 2018 cuando denunció que las caravanas de migrantes estaban invadiendo a Estados Unidos, aunque el truco no le funcionó como anticipaba, pues los republicanos perdieron el control de la Cámara Baja.

Empero, su asalto contra la comunidad inmigrante y contra las minorías va de la mano de su futuro politico, de tal modo que Trump no cejará en su guerra aunque sus draconianas medidas sean frenadas en tribunales. Y así sean los migrantes en nuestras fronteras o al interior del país, o los kurdos en Siria, el nivel de crueldad de Trump irá en aumento según se le vaya cerrando el cerco.

Al leer, escuchar y ver la cobertura mediática, el común denominador es el de siempre: analistas y políticos todavía en estado de shock a tres años de la presidencia de Trump declarando que no es presidencial; que nunca antes habíamos experimentado algo así; que ha pisoteado los “valores” estadounidenses; que es una afrenta a las buenas costumbres; que está minando las leyes y la propia democracia. Otros, pobrecitos, todavía esperan que Trump muestre un ápice de decencia y conciencia y se “disculpe” por su más reciente barbaridad o que “condene” las barbaridades que hacen otros en su nombre. Y hay otros que cuestionan su estado mental.

Pese a todos los intentos demócratas de investigar a Trump y potencialmente iniciar un proceso de residenciamiento, no tengo la más mínima confianza en que el Senado republicano lo enjuicie y mucho menos que lo destituya. Tiene que ocurrir algo realmente grande que los obligue a actuar, como por ejemplo que sufra una crisis pública y tengan que sacarlo en camisa de fuerza de uno de sus rallies.

De lo contrario, la única oportunidad es evitar su reelección en 2020. Para eso se requiere una campaña de registro y movilización de votantes como nunca antes. Aquí la responsabilidad es compartida. Los votantes que tanto se quejan de Trump tienen un papel vital que jugar: votar; y el Partido Demócrata, mientras mueve sus fichas de residenciamiento, tiene que invertir como nunca antes en registrar y sobre todo movilizar a los sectores que siempre busca a última hora, incluyendo a los hispanos, y donde no invierte como debería.

En el marco de la convención del Partido Demócrata de Florida este fin de semana, la congresista demócrata por ese estado, Debbie Mucarsel-Powell, dijo a la prensa lo siguiente: “La comunidad latina no puede darse el lujo de otros cuatro años de los ataques de Trump contra nuestras familias y de sus políticas de odio y racistas contra nuestras comunidades”.

Si la posibilidad de otros cuatro años de Trump no son suficiente aliciente para movilizar votantes, no sé qué lo sea. Y si Trump gana, ya eso amerita un profundo análisis sobre el estado de la sociedad estadounidense, porque como dice el dicho: la primera vez que me engañes será culpa tuya; la segunda será culpa mía.